Los rituales que nos definen y las rutinas digitales que nos esconden

Mi algoritmo me arroja últimamente videos sobre minimalismo, vida sencilla, meditación… Sé, con certeza, que saca conclusiones de las apps de mi teléfono, de las playlists de meditación y los artículos o contenidos que consumo con frecuencia sobre salud mental e influencia de la tecnología en las personas.

Lo tenaz del párrafo anterior es verme tentada a comenzarlo con «mi algoritmo». Todos, o la mayoría sospechamos que nos leen los días desde lo que señalamos con el dedo índice en nuestros teléfonos, nuestra ubicación con el número de pasos dados y el tiempo de lectura dedicado cada vez que detenemos el scroll. Esa burbuja que reta nuestros nervios, emociones, gustos y disgustos (así no exista un botón predeterminado para las sensaciones negativas de este listado).

Cayendo en la cuenta de estas rutinas digitales, que amo decirles vicios – es el primer paso que debe dar cualquier adicto, reconocer su debilidad – quise compararlas con las que ejecuto en la vida real, en la física, donde puedo verme expuesta al dolor y los sentidos. Me pregunté por qué más que rutinas me gusta llevarlas al carácter amoroso que embarga la etiqueta «ritual». Qué puede diferenciar a ese conjunto de acciones, por qué le doy más significado a la rutina de preparar café en las mañanas y tomarlo en la ventana, que al camino predecible de abrir las aplicaciones de mi teléfono, que igual ejecuto todos los días una y otra vez.

Identifiqué que los sentidos, en su conjunto, me permiten participar, caer en la cuenta, estar presente en la acción misma de construir ese ejercicio cotidiano. Es casi como si pudiera verme recrear ese escenario que va más allá de mi imagen, para dar paso a lo que percibo desde un sistema más sensorial que supera la vista. Este, el sentido más explorado por el entorno digital. De ahí que amemos recrear nuestras vidas bajo filtros, textos y efectos que aporten a la vitrina que otros verán, pero que reconocemos no son nuestra historia completa.

El ritual suma en la atmósfera que habitamos, con sus sombras, contrastes, elementos, aromas y sonidos; mientras que la rutina digital es automática desde el mismo embeleco que nos genera la luz que dispara la pantalla y acapara al oído y la visión. El tacto, aunque participa de ello, está como ajeno al proceso, es solo una herramienta para continuar absortos en nuestro ejercicio quisquilloso de dar órdenes, seleccionar y eliminar en la superficie lisa del teléfono. Imagino que ese es el motivo de los cambios al botón de «Me gusta» cada cierto tiempo: es como una textura virtual de aprobación.

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Los rituales a veces participan de los contenidos que nos acompañan en la recreación de nuestra huella digital, son escenarios documentados sobre lo que queremos contar en una historia de 15 segundos o un video de 1 minuto; pero creo que lo hacemos precisamente porque son espacios y rutinas que nos definen en las acciones que enmarcan nuestra personalidad. Retratar el escritorio de trabajo, hacer un video sobre el atardecer y agregarle música, por ejemplo.

Lo aterrador es que es justo esa diferencia la que usan las compañías tecnológicas para que nunca se encuentren, y por el contrario, se conjuguen con otros que lo hacen similar o igual a mí, y que reaccionarán de forma predeterminada al sentir que sus rarezas son aceptadas; recreándole un panorama a mi locura identitaria de pertenecer… y que se ahoga en el mar de información que entrega la rutina digital a otros. Esta es una forma muy general de definir al algoritmo.

El ritual en la realidad física me obliga a encontrarme con la diferencia, a levantar la mirada y ser testigo de lo que hacen otros, más allá de lo que considero «debe ser» o «debe hacerse así». Es justo en ese momento donde deja de ser rutina para convertirse en ritual, porque permite el cambio sin violentar mi esencia. Al ver cómo lo hacen otros, puedo evolucionar esas acciones que he ido construyendo para dar paso a otro nivel, para autoindagarme y tomar decisiones que dan color a mis días. Eso nunca pasa en la rutina digital con su secuencia de imágenes y acciones predecibles.

Debe ser por esto que se explotan a tal nivel las llamadas tendencias, las mismas que nos agrupan nuevamente bajo un #hashtag a la espera de algo nuevo, que me haga conocer algo más allá de mi algoritmo, ojalá en el menor tiempo posible.

Por eso siempre me obligo a recordar de qué va este negocio, de qué va este entorno, y es en saber predecir nuestras decisiones: ser cada vez más exactos en identificar lo que queremos, incluso antes de que nosotros mismos lo sepamos y demos la orden al sistema. A eso dedican millones de dólares las empresas tecnológicas hoy.

Los rituales nos pueden llevar a descubrir un sentido aleatorio de la vida, identificar un cambio de nuestra parte. La rutina no, esta nos ofrece una capa de comodidad viciada que se obnubila tras la propuesta que trae la pantalla, la misma que nos adormece los otros sentidos, porque estamos contentos (dopamina) al poder decidir lo que queremos y cuando lo queremos. En el ritual puede haber incomodidad, en la rutina no.

Lo bello del ritual es que nos transporta, mientras que la rutina digital nos captura.

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