Las tendencias del consumidor del futuro, ¿qué dicen de nosotros?

Ya comenzó la temporada de los conteos, los llamados de atención para estrategias futuras, las alertas sobre lo que funciona mucho y poco para los planes de marketing de 2022. Y en medio de esta maraña de información (escenario más que común) salen las tendencias del consumidor del futuro, revelando unas consecuencias en nuestra conducta que solo da paso al cambio de percepción sobre la realidad tal y como la traducimos hoy.

La primera alerta está en los sentimientos, para nadie es desconocido que estos son la clave de conexión con las audiencias y los usuarios en general: no solo para el marketing sino para que las plataformas sigan recolectando datos que nos lean con mayor precisión. 

El miedo se lleva el protagonismo, fusionándose en los escenarios de la ecoansiedad y la inseguridad económica, que hoy aqueja en su mayoría a los millennials. 

Este punto, más que un dato estratégico, pone a prueba las narrativas de las marcas de cara a este escenario de vulnerabilidad; cuando se considera al miedo como factor relevante de una estrategia, exige desde la ética de los generadores de contenido, comunicar desde la solución, la información validada y el apaciguar dicha sensación, más que agudizarla. Un escenario que podemos ver abordado de forma contraria y bastante nociva se da en medios de comunicación y marcas políticas. 

Nunca antes se tuvo tanto contacto con la información emocional de las personas, los algoritmos nos traducen desde la psiquis y las sensaciones en un diario transcurrir, que revela picos emocionales, que dichas plataformas ven como oportunidad de venta y de las cuales participamos al generar nuestros contenidos cotidianos.

Todo el escenario se traduce en una especie de contagio emocional, donde cada uno desde la documentación de sus vidas, revela qué teme, qué ama, qué odia y cómo traduce el mundo. ¿De dónde creen que salen las tendencias?

La sociedad desincronizada  es la otra tendencia emocional: prácticamente hacemos lo mismo de siempre pero ya no al mismo tiempo, lo que determina el final de los rituales que nos hacen pertenecer a un colectivo evidente; cuando pido mi comida desde la app de domicilios, pongo mis reglas, mis tiempos y mi espacio. Ya no se posee un factor de referencia con el otro. Esto erosiona las comunidades, actividades como ir de compras, trasladarse a la oficina o la universidad, ver las noticias frente al televisor, ir al gimnasio… van perdiendo consistencia, se van fracturando.

La otra tendencia desde los sentimientos es la llamada resiliencia equitativa, casi como respuesta evidente de una temporada dura, de transformación y choque de lo individual a lo colectivo, con la traducción que cada uno hizo de bienestar y la vulnerabilidad de este estado en sus contextos sociales durante la pandemia. 

No es gratuito que la OMS tenga a la resiliencia como tema clave de sus políticas desde 2020. La paradoja de este concepto está en el riesgo de caer en el positivismo tóxico, consecuencia de mostrarse fuerte en escenarios digitales, tras la vitrina que ofrece la pantalla, con la aceptación que evidencian las reacciones predeterminadas, pero igual de efímeras. 

Las investigaciones demuestran que la resiliencia verdadera se da al enfrentar las situaciones adversas, y es muy difícil ver las señales de alarma cuando veo todo color de rosa. 

Para 2022 las personas no van a temer sentir y hablar al respecto. Traduciéndose en una aceptación emocional, así implique verse vulnerable. El coronavirus trajo esa dinámica tras las reflexiones masivas que se dieron en sus diferentes etapas. 

Por último está el optimismo radical: no se ve como algo pasado de moda, más bien es un acto de rebeldía y una acción, que en el contexto actual, es de valientes. 

Esta tendencia es una respuesta al negativismo publicitado por medios de comunicación y políticos que ven en la incertidumbre poder y una tajada discursiva. El científico Steven Pinker lo hace evidente en su libro En defensa de la Ilustración: Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. Ofrece datos relevantes sobre el avance de la humanidad, sin desconocer que aún falta por hacer, pero que definitivamente sí se ha logrado. 

“Los servicios sanitarios han reducido espectacularmente la mortalidad materna e infantil y los trabajadores ganan más y sufren menos accidentes. En EE.UU. hay menos personas viviendo bajo el umbral de la pobreza y en Asia hay menos millones de personas viviendo en condiciones de extrema pobreza (es decir, con menos de 1,90 dólares al día)”. 

Aquí entran en juego la postverdad y las noticias falsas, donde se le da relevancia a la información con alta audiencia en lugar de la certificada por quienes realmente saben.

Al estar polarizadas las opiniones se crea el escenario catastrófico, haciendo énfasis en lo que está mal. 

“El centro de investigación online Our World in Data (Nuestro mundo en datos), nos ofrece un buen ejemplo: “El número de personas que viven en extrema pobreza pasó de cerca de 2.000 millones en 1990 a 700 millones en 2015. En estos 25 años, ningún titular de ningún periódico del mundo ha publicado ‘El número de personas en extrema pobreza disminuyó en 137. 000 personas desde ayer'».

“En medio de una crisis epistemológica, necesitamos saber qué es verdad, no qué vende”.

Subraya Andrea Bell, directora de WGSN Insight.

Exploramos la información sobre el futuro con cierta sorpresa, una expectativa de ciencia ficción que hoy nos hace más reflexivos sobre nuestro nuevo rol en el universo. Y aquí no hago referencia desde un tono  o concepto espiritual sino más bien práctico: ser obsoleto ante el nuevo panorama tecnológico es un escenario que ya pone sobre la mesa los aspectos éticos que deben acompañar a las soluciones de la aclamada IA.

Las regulaciones desde la ética y los cambios y decisiones que esto conlleva a los gobiernos, que aún se ven en su mayoría perdidos en legislaciones que toman matices de la Edad de piedra, al compararse con la velocidad a la que van los nuevos capitales de la atención. Así llamadas las nuevas megaempresas de tecnología.  Hacen pensar en un sistema político y legislativo fuera del contexto al que va encaminado el futuro de la sociedad: ¿Quién se va a encargar de los oficios obsoletos? ¿De qué se tratará su retiro? ¿Cuáles son las profesiones que terminarán trabajando de la mano en el desarrollo y cuáles definitivamente serán parte del pasado? Las alertas están, la inteligencia política no.

Que los sentimientos de quienes estamos conectados a las redes, denote parte de las movidas estratégicas de los próximos años, nos hace un llamado de atención como usuarios que deben reconocer mejor el escenario en el que están haciendo partícipe su vida.

Los datos de nuestros días, cómo nos afectan, irán creando el escenario propicio para moldear conductas que determinarán nuestra participación en el mundo del futuro. Y ante este panorama no sobra preguntarse, ¿a quién venderán toda esa información? ¿Qué pasa cuando un gobierno, un sistema económico, determina mi conducta y se mete en mi cabeza?… Sí, nuestro presente ya es de ciencia ficción. 

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