Cuando mi realidad es el algoritmo

Que un influenciador se pusiera tetas durante una semana como parte de un reto, más allá de llevarnos a cuestionar al sujeto, obliga a plantear nuevamente la influencia de la data en personas inmersas en los resultados de aceptación de sus redes sociales.

No caigamos en la evidente y predecible crítica, igual de efímera a la cirugía del personaje en cuestión, más bien preguntémonos qué lleva a que una persona tome esta decisión mientras ve absorto cómo crecen sus likes, hashtags y titulares en medios de comunicación. 

La noticia llegó a través de una amiga que estaba en shock, luego pude constatar la edad de quienes sigo en Twitter, por el nivel de indignación y burla ante el suceso; me acerqué al Instagram de Yeferson Cossio, y quise leer algunos comentarios (es un buen diagnóstico para evaluar la coherencia de las audiencias de cada marca digital). Sus usuarios no parecían estar tan impactados como la contemporánea red que he construido a lo largo del tiempo, entiéndase entre 35 a 45 años. Buenas noticias para su marca.

La atención a como dé lugar es un tema que ocupa espacios de análisis: tanto por la vía de quienes generamos el contenido (lograr ese objetivo en las audiencias con narrativas cada vez más a tono con lo que el ojo humano esté buscando en el momento desde su celular); y quienes lo consumimos, que prácticamente se determina por la relación automática que tengamos con el scroll en algún momento del día. 

La data arroja resultados de validación a quienes quieren posicionar sus cuentas, como parte de un algoritmo que pide cada vez más resultados y que incluso ofrece comparaciones con marcas que se podrían considerar “competencia”. Es una sensación constante de “no ser suficiente” y proponer contenidos que hagan reaccionar a los seguidores, ojalá más allá del simple “me gusta” y tener como premio mayor la tendencia, algo así como los “15 minuticos de fama” de los que hablaba Warhol.

Marcar una diferencia, o por lo menos comunicarla, en un mar de información que atonta al público, obliga a los influenciadores / usuarios, inmersos en el algoritmo más que en la vida real, a responder desde sus posibilidades de cara al escándalo: reacciones como la indignación, el odio, la valoración personal, no logran permear fuerte en ellos a la hora de ver los números de seguidores y likes que crecen y validan la popularidad en una audiencia que se cansa bastante fácil.

La atención y la vigencia van de la mano en las dinámicas de estos famosos de las redes: un peso bastante grande, sino se cuenta con unas bases que pongan límites entre la vida personal, la vida real (como ciudadano, hijo o vecino, por ejemplo) y la imagen que se construye desde los filtros, ángulos y discursos de las redes. Mientras antes, los personajes famosos contaban con especialistas en publicidad, marketing y hasta con guionistas para construir el personaje de ficción; estos chicos terminan siendo un resultado orgánico de un algoritmo sin escrúpulos, que solo quiere los datos de una audiencia ávida de contenidos que rompan la rutina, cada vez en espacios más cortos de tiempo. Los influenciadores son la mejor carnada de compañías como Google, Tik Tok, Facebook e Instagram, para reunir excedente conductual de sus seguidores.

Captar la atención y viralizarse para lograr tener la sensación de fama, pone en evidencia que la data no genera propiamente relaciones sino conexiones. Estas últimas carecen por completo de profundidad, son casi igual de efímeras a los escándalos de estos personajes, para mí, víctimas de un sistema que no comprenden muy bien y con el cual crecieron sin mayores bases, y que no les permite entender las consecuencias anímicas que lleva tener los ojos de millones de personas (que pocas veces los admiran, sino que buscan sus errores) en los momentos más cotidianos y que tienen que hacerlos ver como extraordinarios.

Tengamos en cuenta que “ahora el saber es producido maquinalmente. La producción de saber impulsada por datos se hace sin sujeto humano ni conciencia. Enormes cantidades de datos desbancan al hombre de su puesto central como productor del saber”.

Reflexión de Byung – Chul Han en su libro La desaparición de los rituales.

Cuando el algoritmo es el que marca la pauta del ritmo de vida, denota una fragilidad en la construcción de la valoración personal. Desconectarse de las funciones propias de alguien que se encuentra con el otro en escenarios físico y no en ámbitos digitales, lleva a que los influenciadores respondan a demandas superficiales, que es lo que piden estas plataformas; en pocas palabras, los veo más como una consecuencia de un sistema que permea este periodo de la historia, donde el avatar, con todos sus atributos digitales, no cuadra con la persona real con la que se encuentran frente al espejo al final del día.

Imagino que los implantes de Yeferson Cossio ya se fueron, que su audiencia ya está concentrada en otro escándalo, que sus “amigos reales” lo siguen registrando y persiguiendo con una cámara, y como él mismo dijo, está esperando más ideas arriesgadas que logren diferenciarlo de otros que están buscando lo mismo que él, Likes. Ahora la pregunta es, ¿usted compartió ese contenido? 

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