Ni todo es para ya, ni se le ha bajado al compromiso laboral

Una reflexión sobre la reinterpretación de la inmediatez durante el teletrabajo en confinamiento…

La virtualidad es una experiencia, y el asunto es que es una experiencia que se atiene a las percepciones y usos, no solo individuales sino de los equipos de trabajo. Las consecuencias de esta son inmediatas, directas e incómodas de corregir, desde un ámbito social, cuando se siente que se agrede el espacio personal. Si aún no sabe de qué estoy hablando, ¿ya le programaron una reunión a plena hora de almuerzo, o le solicitaron un documento de oficina después del horario laboral, solo porque el otro sabe que usted se encuentra en su casa?

No solo es el teletrabajo, es el trabajo remoto en confinamiento, lo que pone a prueba la atención que los directores, líderes de equipo y subalternos, le prestan a los tiempos de respuesta, actividades laborales y momentos de aislamiento. Siendo irónico que precisamente el aislamiento preventivo, para muchos, signifique disposición permanente.

Las área de recursos humanos se ponen a prueba en esta temporada, donde incluso varias empresas ven lejana la opción de un pronto regreso a las oficinas, así que nuevas reglas de convivencia deben estar preparándose en el radar de acciones para mantener un buen clima laboral.

En un primer momento, cuando a todos nos tomó la situación completamente desprevenidos, se justificaron las tareas de largo aliento, la reinterpretación de las comunicaciones de los equipos, los encuentros y la gestión de acciones que respondían al cambio sin previo aviso, casi como una respuesta lógica ante la urgencia. Pero después de un tiempo, se siente un desgaste en los equipos, que además de lidiar con tareas y responsabilidades propias de sus cargos, deben manejar la atmósfera de la casa con hijos, mascotas y hasta pregoneros de frutas y mazamorra.

Esta situación hace mella en el valor que tienen los rituales de oficina, especialmente esos que incitaban al encuentro espontáneo y las pausas propias de un escenario de trabajo corriente.  Los seres humanos necesitamos de ellos, así haya discursos de productividad que acaparen metodologías pensadas en números, gráficas, resultados y no en quienes los hacen posible, gracias a aspectos tan elementales como el equilibrio de su salud mental.

(Recomiendo la entrevista a Byung-Chul Han en El País, cuando asegura: “La desaparición de los rituales señala sobre todo que, en la actualidad, la comunidad está desapareciendo”).

Aunque los grandes cambios de los últimos tiempos se han ceñido a aspectos de uso tecnológico, influyendo en nuestra conducta, no se puede hablar de acoplarse a las nuevas dinámicas solo a partir de uso de herramientas planner, que pasan por calendarios y alojadores de tareas separadas por colores, alertas y categorías. La conversación que nace desde el cómo se está, cómo se siente, puede llevar a humanizar estas nuevas dinámicas, y el uso del tiempo, o mínimamente determinarlo por ese ritual propio del día, que suele medirse por horas destinadas a la comida y al encuentro con los otros, porque está demostrado que justo en esos espacios de pausa es donde nacen las mejores ideas.

Teletrabajo e inmediatez_ paola hincapié2

“Es para ayer”

Una frase, que antes era evidencia del desorden administrativo, hoy toma una mayor dimensión, al tener que verla reiteradamente expresada en pantallas que muestran un mundo plano, del que salen noticias, reuniones, llamados de atención, presentaciones, instrucciones, compañeros trabajando en otras tareas o absortos en sus audífonos frente a una cámara a la que ya no le ven misterio porque ya se agregó al paisaje.

Estar conectados pasó de ser una característica de este tiempo, a ser un requisito, una evidencia, una prueba de que sí se está trabajando. Esos desplazamientos que daban paso a la música, al podcast, o a simplemente dejar de lado el móvil, fueron reemplazados por notificaciones que señalan más tareas por cumplir y un Whatsapp, que no se sabe en qué momento, se convirtió en el canal para reiterar el envío de un correo o la confirmación de una cita. Más notificaciones que se suman a una narrativa del estrés, que si no se planea, puede sumar a la ansiedad laboral.

Así que parte del reto de esta nueva situación, de este cambio, está en no dejar de lado los sentidos de humanidad, no solo desde el respeto con el que me dirijo al otro, sino desde el reconocimiento de sus espacios para desconectarse de las dinámicas laborales, de comprender que los horarios aún existen y que el no contestar no es sinónimo de irresponsabilidad, ser mal trabajador o no tener compromiso, esa especie de tufillo de culpa que a veces embarga los comentarios sobre conductas de cara a las empresas.

Los horarios, las tareas, los tiempos de ejecución de las mismas, deben encontrar espacios adecuados en los calendarios laborales. La conversación y exposición de ideas para desarrollar proyectos, suman en esa lista de acciones que aportan a las dinámicas empresariales, y la nueva gestión puede evaluarse a partir del equilibrio que se da a lo largo de la semana.

Entender que los discursos de cambio, temor, incertidumbre de estos días, suman en las experiencias de cada individuo e influyen en su capacidad de respuesta y gestión, puede ser la clave para proponer soluciones a esta nueva realidad del talento humano que hace posible la marca. El error puede estar en llevar el cambio a las dinámicas sociales fuera de la oficina, y pretender seguir con la misma metodología del espacio físico, que en este momento queda como tarea pendiente.

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