Adiós querido intermediario

Los periodistas caímos en seco en esta era digital. A los de mi generación les desdibujaron en un santiamén los discursos del cuarto poder, eso de ser los interlocutores necesarios para que el público capte una realidad de la que muchos sospechaban antes, pero debían esperar el tiraje de un periódico, el noticiero de las 7:00 de la noche o las voz vespertina del locutor de radio.

Esa pirámide que nos unía con las esferas más influyentes es tal vez una de las pruebas más fuertes sobre el cambio como intermediarios. Es un escenario que se soporta en las reflexiones hechas tras el recuerdo de “mejores épocas” y que quedan plasmadas en charlas medio nostálgicas, medio de reproche que se suelen escuchar en los pasillos de los medios y una que otra columna de opinión.

¿Quién espera ahora por un medio o periodista para conocer algo sobre su artista favorito? ¿Acaso usted espera la Revista Motor para tomar decisiones sobre el modelo de carro que le ronda la cabeza hace días? ¿Recuerda a Telecom para llamadas de larga distancia? Ese es un breve ejemplo de los intermediarios que perdieron terreno.

Ahora sume que estamos en la era de la documentación de las vidas, donde cada usuario de la Red se convierte en una marca digital, con públicos que le siguen – unos en mayor medida que otros, pero marcas al fin y al cabo –  dejando de lado la necesidad de perseguir medios y periodistas para obtener audiencias o ser reconocidos como autores de algo.

Los blogs dieron el primer paso y las redes sociales se encargaron de darles alas. Y resulta que tras toda esta tendencia de generar medios particulares se metieron las marcas: unas preparadas, otras atentas a lo que traiga el camino y algunas que no entienden por qué se debe participar de la fiesta.

La estrategia consiste en saber captar esos usuarios ávidos de contenidos que les muevan las fibras emotivas, esas que entienden que las plataformas sociales, son eso, sociales y no tableros corporativos donde se cuelgan catálogos de productos que no generan ninguna conexión, y sí una lista terminable de características.

Y es precisamente en este punto donde se defiende la participación de la mirada periodística para saber contar las historias de un producto que ya no se basta con un póster, un eslogan o un comercial de TV; sino que lo tiene que desmadejar en una cantidad de capítulos para ser contado en el día a día de unas redes y unas plataformas que luchan por contar historias, de ahí que ser de las mejores, tenga su peso.

¿Conoce cómo documentan la vida los usuarios que le siguen? ¿Sabe cuáles son esas palabras claves que lo conectan con su marca desde la emotividad? ¿Reconoce qué mueve emocionalmente a sus seguidores? Sea sincero, ¿usted compartiría un banner publicitario en su muro personal de Facebook? Y es que ese es parte del asunto: tanto el que produce contenido, como el que lo lee y consume es usuario de Internet.

Se convierte entonces en un escenario democrático desde la información mas no desde la riqueza y calidad del mismo. Y es justo en esta parte donde se necesita de alguien que sepa hacer esa lectura, llevarla al lenguaje de su marca y generar contenidos que conecten, muevan y se queden en el corazón y la mente de su público.

Y tanto usted como yo sabemos que un flyer con promociones solo se quedará por unas cuantas fechas, nada más.

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